La vida social es un regalo envenenado que te encuentras un día sin comerlo, ni beberlo y sin haber tenido nada que ver. Plim, plam... Aquí tus congéneres. Pues vale, un placer. Y una mierda.
La mejor estrategia es actuar como si no fuera contigo la cosa. Ojos que no quieren ver, corazón que no llega a sentir. Y tan tranquilos. A fin de cuentas, los demás hacen lo mismo y les va estupendamente. Los ves progresar, tener un amplio círculo social, una fama estupenda entre familia y amigos, una consideración intachable entre sus superiores... ¡Fíjate qué bien! Y todo por haberse vendado los ojos, anestesiado el cerebro, narcotizado el sentido común y la vergüenza y reirle las gracias y hacerle palmas al baranda de turno. Eso sí, las palmas hay que darlas al ritmo, todos iguales, no sea que te dé por improvisar y ahí ya la has defecado Manolín!
¿Para qué piensas?, ¿para qué discrepas? ¿quién te ha dado permiso? ¿Si no sabes volver a la jaula para qué sales?.... Utilitarismo vital aplicado en estado puro. Ya pensamos por tí, tú no te preocupes de nada... Descansa campeón.
Y así cada uno a lo suyo. Cuidando su jardín, regando sus plantitas y lamiéndose sus cositas de pin y pon...
La evolución de la especie humana en su exponente más puro y sublime.
Todos hermanos, hijos de la misma perra.
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